La principal crítica que se hacía ayer al presidente del BBVA, Carlos Torres, por la opa hostil que ha lanzado sobre el Banco de Sabadell tenía que ver con la oportunidad. Presentarla a cuatro días de la votación en Cataluña sobre una entidad que sigue siendo percibida como un banco regional catalán, ha supuesto excitar los peores instintos de la clase política con intereses en el área. Torres se escuda en que una filtración aceleró todo. Pese al ruido político, hay que intentar analizar la operación con perspectiva e introducirse en áreas menos trajinadas. Vaya por delante que el respeto a la propiedad privada es un principio irrenunciable, así que lo que digan los legítimos dueños del Sabadell que son sus accionistas estará bien hecho. Eso, claro, no impide opinar sobre la operación, que en un mercado bancario como el español, que se ha concentrado tanto y en tan poco tiempo -apenas una década- y con un costo tan elevado para el contribuyente, parece inconveniente en este momento.Pero ese no es un problema de los dueños del Sabadell. Son otros los que tienen encomendado velar por el interés colectivo que se traduce en la estabilidad financiera, la concentración de riesgos y, sobre todo, la competencia. Desgraciadamente, las circunstancias cambian de manera tan radical que lo que ayer parecía óptimo -la escala y el tamaño para combatir la escasa rentabilidad que dejaban los tipos de interés negativos-, hoy ya no parece tan bueno y asoma el fantasma de un mercado financiero donde los servicios, el crédito y el riesgo empiezan a estar hiperconcentrados en muy pocas entidades.Torres fue brutalmente honesto en su presentación ante los medios de comunicación del jueves. Reconoció que se producirá destrucción de empleo. Prometió que la entidad adoptará medidas de mitigación allí donde la operación cause un daño. Pero defendió que la fusión le viene de perillas al BBVA y que también le debe interesar al accionista del Sabadell. Tan conveniente le parece la operación que dijo: «Estamos dispuestos, este equipo, este consejo, desde luego este presidente, a asumir el riesgo reputacional, si es que se produce, por haber intentado una operación que tiene mucho sentido».El mercado no parece estar de acuerdo con él. No sabemos lo que dirán los accionistas del Sabadell ante la opa, pero los del BBVA -a los que nadie ha consultado hasta el momento- no parecen entusiasmados. Hasta ahora, la evolución de la cotización de las acciones demuestra que el negocio sería bueno para el Sabadell y no para el BBVA. El argumento de Torres es que el accionista del banco vallesano también saldrá ganando cuando reciba su parte en acciones del BBVA. Pero, ¿por qué alguien que sin fines especulativos invirtió en el proyecto del Sabadell iba a querer que le dieran acciones del BBVA? ¿Por qué no invertir directamente en el BBVA?Contestar a esta pregunta permite atisbar que la oferta está diseñada para seducir y cazar a determinados fondos de inversión y accionistas que están al mismo tiempo en el capital del BBVA y del Sabadell. En total son 71, según publicó Expansión. No tendrían ni que preocuparse de recalcular el peso de sus inversiones en el índice bancario español, el nuevo BBVA les consolidaría su inversión en los dos bancos en un solo título. Y esto nos lleva a un concepto que Torres no desarrollo en su larga presentación: la competencia y el pluralismo empresarial. Es muy legítimo que un proyecto quiera crecer y alcanzar un mayor tamaño. Hay sectores, como la automoción, el retail o la banca donde el tamaño es crítico. Pero hay dos formas de crecer: uno es el crecimiento orgánico, basado en el aumento de los ingresos y la cuota de mercado que resulta de las operaciones, productos y clientes de una empresa, y el crecimiento inorgánico, basado en adquirir o fusionarse con otras empresas, o formar alianzas o asociaciones estratégicas para crear sinergias con los recursos de los otros y ampliar la cuota de mercado.El primer tipo de crecimiento es más lento y gradual, pero también puede ser más estable y consistente. El segundo es muchísimo más rápido, pero puede ser costoso y arriesgado. Además, uno y otro tipo de crecimiento tienen consecuencias importantes sobre la competencia y la innovación. Como el crecimiento orgánico implica optimizar las competencias básicas de un negocio, mejorar su calidad y eficiencia, desarrollar nuevas ofertas y expandir su base de clientes a través del marketing y las ventas, la competencia global resulta favorecida y el principal beneficiario suele ser el ciudadano. En el crecimiento inorgánico, en cambio, ocurre todo lo contrario: la competencia se deteriora porque hay un actor en el mercado que acreciente su cuota por la vía de eliminar los proyectos empresariales de los demás. Esta pérdida de pluralismo empresarial termina reflejándose en la capacidad de innovación de una sociedad.Las críticas a la operación irán estos días por la hiperconcentración. El BBVA, con razón, se defenderá diciendo que nadie se acordó de ella cuando Caixabank se fusionó con Bankia. Entonces, con tipos negativos, la escala era fundamental, y todos, gobierno y reguladores, bendijeron el proceso. Ahí, el calendario también le ha sido esquivo al BBVA. Si el primer intento de fusión con el Sabadell en 2020 hubiera resultado, nadie habría dicho nada porque la fusión de Bankia y Caixabank fue en 2021.Pero el auténtico problema es la competencia. Y mirado desde esa perspectiva, la operación de Torres tiene un envés: pone en duda la capacidad de crecimiento orgánico del BBVA y eso impugna su capacidad de ser más eficiente y mejor en su mercado.

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