Hace tres siglos, Voltaire , el más ilustre de los filósofos de la Ilustración, escribió que vivíamos en «el mejor de los mundos posibles». Sus palabras estaban teñidas de ironía, ya que el propio Voltaire no se sentía del todo satisfecho con el mundo existente. Toda su vida luchó contra lo que consideraba las dos plagas de la época: el abuso del poder monárquico y la intolerancia religiosa. Ello no impide que sus palabras estuvieran impregnadas de gran sabiduría, porque rechazaba de antemano las ideologías extremas, aquellas que, como el socialismo, daban por sentado que el hombre, la naturaleza humana y el mundo podían cambiarse. Habría detestado la Revolución que vino después de él y que, paradójicamente, tomó su relevo. Ese mismo Voltaire, si volviera a estar entre nosotros, se sorprendería enormemente de los gigantescos avances conseguidos desde su época. En nuestro ‘mundo feliz’, vivimos más tiempo, con mejor salud, existe una cierta igualdad entre los sexos y entre los grupos sociales, el despotismo está atenuado por los derechos de la oposición, reina la libertad de expresión, la opresión religiosa ha desaparecido y la tolerancia es la norma, o casi la norma. Evidentemente, aquí hablamos solo de Europa occidental, donde reina la paz desde hace casi ochenta años. Y, sin embargo, hay muchos ciudadanos europeos que no se conforman con este mejor mundo posible. Imaginan uno mejor todavía, lo cual es muy loable, pero no nos proponen realmente un camino a seguir. Y, a diferencia de lo que sucedía hace unos treinta años, el debate político gira ahora menos en torno al progreso deseable que en torno a las catástrofes que hay que evitar. Anunciar el Apocalipsis está de moda: permite medrar tanto a los políticos como a los ideólogos. Para la izquierda, el Apocalipsis es climático. El innegable calentamiento del clima llevará a la extinción de la humanidad si no tomamos ya medidas que restringirán definitivamente nuestra libertad y prosperidad. Estos mercaderes del apocalipsis climático basan sus afirmaciones en datos científicos muy aleatorios. Pretenden ignorar el hecho de que, si la humanidad está incidiendo en el clima, esto sucede esencialmente en India y China, dos países sobre los que no tenemos ninguna influencia y que continúan anteponiendo el progreso económico al culto al clima. No obstante, este apocalipsis climático moviliza a la gente, sobre todo entre las generaciones jóvenes. ¿Qué decir contra una ambición tan noble? Lo importante es manifestarse. En la derecha, el Apocalipsis es el de la inmigración . Una oscura teoría, nacida en Francia, llamada ‘El Gran Reemplazo’, da a entender que la inmigración incontrolada corroerá nuestra hermosa civilización cristiana y occidental, y la sustituirá en una generación con una población morena y musulmana. Este Apocalipsis tampoco se basa en conocimientos concretos. En Francia, el país donde la inmigración árabe-musulmana es más elevada, esta representa menos del 10% de la población y se disuelve muy rápidamente en el laicismo por el abandono del islam y aún más por los matrimonios mixtos. La mitad de las francesas de origen árabe-musulmán se casan con hombres que no lo son. Sus hijos lo serán aún menos. Lo cierto es que Europa tiene una gran capacidad para asimilar a los inmigrantes, mediante el trabajo y la escuela. Estos hechos, al ser solo hechos, influyen poco en las creencias y en los miedos y –sin caer en el psicoanálisis– en un cierto deseo de tener miedo. Sin duda, la vida política, para ser dinámica, necesita adversarios. Si son irreales, los inventamos. Una buena ilustración de esta invención del apocalipsis migratorio es el ascenso del partido de extrema derecha Chega en Portugal. Esta formación ha languidecido durante mucho tiempo por falta de enemigos, dado que Portugal tiene niveles muy bajos de inmigración y que la mayor parte de esta procede de Brasil, un país con una imagen bastante positiva en Portugal. Pero Chega ha sabido encontrar ese enemigo improbable y nombrarlo: los gitanos. No son muchos, el 0,5 por ciento de la población, pero los xenófobos se conforman. El partido Chega moviliza ahora al 18 por ciento del electorado. De todos modos, cabe señalar que en estos escenarios catastrofistas ya no se menciona para nada el capitalismo (un gran éxito para los liberales, pero que nunca se pone de relieve). De hecho, el capitalismo no solo funciona a la hora de producir riqueza, sino también a la hora de distribuirla, algo que los liberales siempre han reivindicado. Este éxito, obviamente relativo, se ha vuelto tan evidente que las ideologías antiliberales ya no atraen apoyos ni en la derecha ni en la izquierda. De ahí la aparición de estos dos apocalipsis sustitutivos. ¿Hay alguna forma de frenar a uno y a otro?Nos gustaría pensar que el avance del conocimiento y una mejor divulgación de la información veraz permitirían desmovilizar tanto a los ‘climatistas’ como a los temerosos del ‘Gran Reemplazo’, pero no nos hagamos demasiadas ilusiones: los apocalipsis no se basan en el conocimiento de la realidad, sino en un deseo más profundo de pertenecer a un grupo, de movilizarse, de existir, de encontrar una identidad. Cada uno de nosotros en la Unión Europea somos ciudadanos individualistas, pero también nos mueve un deseo tribal de pertenecer a una causa que nos sobrepasa. Por tanto, parece muy difícil emprender una batalla frontal, perdida de antemano, contra el tribalismo apocalíptico; pero, por difícil que sea, es necesario igualmente denunciar, como hizo Voltaire en su día, las invenciones mediante la educación y la información. «¡Aplastad al infame!», dijo Voltaire. Algunos objetarán que defender la realidad, la adaptación al mejor de los ‘mundos posibles’, es también una forma de tribalismo. Por supuesto que lo es: así oscila el alma humana, dividida entre la pasión por la libertad individual y el deseo de formar parte de una comunidad, aunque esa comunidad esté en guerra con todas las demás. Sin embargo, existe una distinción entre el pensamiento realista o liberal y las ideologías apocalípticas: nosotros no buscamos el conflicto, sino el reconocimiento mutuo. Estoy dispuesto a hablar con los apocalípticos, climáticos y migratorios, pero no estoy seguro de que ellos tengan el menor deseo de hablar conmigo o de escuchar mis argumentos. Esa es la verdadera diferencia entre nosotros.
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