Desencantarse del proyecto europeo resulta fácil. Tras el hundimiento del imperio soviético en 1991 no era descabellado suponer que la Unión Europea serviría de salvaguarda a un nuevo orden mundial sin precedentes basado en los derechos humanos y la ley internacional. Si Alemania y Francia, que se habían combatido mutuamente a lo largo de siglos, podían formar una unión supranacional, algo inimaginable antes de 1939, ¿por qué el resto del mundo no habría de seguir al cabo su ejemplo? La Unión Europea, cuyos arquitectos ( Monnet , Schumann y Spaak, entre otros) la habían concebido desde el principio no solo como un proyecto económico sino también moral , desempeñaría un papel principal en la promoción de dicho orden mediante el empleo de su poder blando, primero en su propio jardín trasero, imponiendo condiciones legales y de derechos humanos a los nuevos estados que ingresaran a la UE, y luego en el mundo, en buena medida mediante la diplomacia y la ayuda al desarrollo. En retrospectiva, dos acontecimientos pulverizaron estas ambiciones: la denominada guerra mundial contra el terrorismo declarada por los Estados Unidos tras los atentados del 11-S, y la asunción de Putin a la presidencia de Rusia en 2000 y sus posteriores esfuerzos por resucitar un proyecto imperial. Transcurrido un cuarto de siglo, mientras el autoritarismo parece estar en auge por doquier y la democracia a la defensiva, incluso en partes de la propia UE, paulatinamente Europa parece el último reducto que se opone al retorno al mundo previo a 1945 o incluso a 1914, al de las rivalidades entre grandes potencias, en el que la guerra generalizada es una amenaza constante, en el que la economía mundial se ha vuelto paulatinamente un juego de suma cero y en el que los jóvenes, de la India a Alemania y de la Argentina a los Estados Unidos, abandonan la política de centro por la del extremismo populista, ya sea de derechas o de izquierdas.Ucrania ya ha cambiado el carácter del proyecto moral europeoLos problemas de Europa resultan evidentes. En cuanto proyecto económico la UE ha alcanzado una prosperidad excepcional, pero no puede afirmarse lo mismo de su influencia continuada en el sistema político mundial. Como les encanta destacar a los euroescépticos, todo el que quiera conocer la posición de Washington, Moscú, Nueva Delhi o Pekín sabe a quién dirigirse para determinarla, en cambio no hay nadie investido de autoridad para pronunciarse en nombre de Europa de la manera en que, para bien o para mal, Trump, Putin, Modi y Xi se pronuncian en nombre de sus países. Sin embargo, el hecho de nombrar a los actuales dirigentes de los Estados Unidos, Rusia, la India y China, todos los cuales son, en mayor o menor medida, autoritarios y no demócratas, debería bastar para demostrar que, si alguna esperanza hay de frenar la marea autoritaria mundial, esta reside en Europa y, por lo pronto y para ser francos, en ningún otro lugar. Latinoamérica está muy dividida ideológicamente, Extremo Oriente está sometido a una China autoritaria, el sureste de Asia a una India cada vez más autoritaria, diestramente secundada al menos en ello por Pakistán, su proverbial enemigo, y África sigue desgarrada por guerras apocalípticas y el fracaso de los Estados. Todos se refieren a los problemas de Europa y no a sus virtudes. Que estas se han ido desgastando resulta obvio. Orban en Hungría y Fico en Eslovaquia, el auge de la Agrupación Nacional en Francia y del AfD en Alemania, el profundo daño que la globalización ha infligido a las clases medias bajas y trabajadoras de la UE, dan testimonio de ello. Pero a pesar de todo, los ideales en los que se fundó el proyecto europeo no han sido baldados por los tiranos y los demagogos, en algunos casos quizás irreversiblemente, como ha ocurrido en Rusia, en China y actualmente, al parecer, en los Estados Unidos de Donald Trump. Acaso Europa no sea el «jardín» de la descripción de Josep Borrell, pero sí el único bastión que queda contra la otrora paulatina, y ya galopante «autoritarización» del mundo . Tal vez debería haber quedado patente incluso antes de la elección de Trump, pero hasta los convencidos atlantistas de siempre como el nuevo canciller alemán, Friedrich Merz, reconocen el hecho de que a Charles de Gaulle nunca le faltó la razón y de que, a partir de ahora, Europa debe labrarse su propio destino, al margen de quién ocupe la Casa Blanca en Washington.Irrupción de TrumpConviene aplicar aquí la conocida máxima según la cual toda crisis alberga una oportunidad. La irrupción de Trump inclina ostensiblemente la balanza del lado europeo, justamente donde se halla dicha oportunidad. Y los valores europeos no son el obstáculo. El problema es lo que la invasión rusa de Ucrania ha puesto de manifiesto definitivamente: que los valores expresados por medio del poder blando no perdurarán mucho tiempo si no cuentan con el respaldo del poder duro. En este sentido fundamental Ucrania ya ha cambiado el carácter del proyecto moral europeo, pues actualmente el rearme de Europa es con toda claridad parte de ese proyecto en lugar de su impedimento. Solo por medio de un poder duro renovado puede Europa ofrecer tanto una alternativa como una respuesta a la vez decente y efectiva al mundo despiadado que Trump, Putin y Xi pretenden imponer. Así que no se tratará de un jardín, pero quizás sí de un faro. El filósofo inglés John Locke escribió que la razón era «una vela mortecina», pero la humanidad no podía sino depender de ella. En el mismo sentido, a pesar de todos sus problemas y defectos, en el momento actual Europa es la única eficaz defensora de la democracia con que cuenta el mundo.(Traducción de Aurelio Major)

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