En 1940, antes de quitarse la vida tras fracasar en su intento de escapar de la Europa ocupada, el crítico alemán Walter Benjamin escribió un texto sobre la historia, inspirado en un dibujo, ‘Angelus Novus’, del artista Paul Klee. La imagen representa al ángel de la historia, con las alas desplegadas. El ángel, escribió Benjamin, camina de espaldas hacia el futuro, observando cómo las ruinas del pasado se amontonan ante sus pasos en retirada:«Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe que sigue acumulando escombros y los arroja a sus pies».Dos meses después del inicio de una presidencia revolucionaria, una cadena de acontecimientos se está desarrollando y los escombros del pasado se están acumulando junto a nuestros pies.Transformar a naciones que fueron aliadas en rivales y abrazar a sus enemigos, cerrar ramas enteras del gobierno, atacar a universidades y jueces, imponer deportaciones masivas —cambios de tal magnitud que rozan la catástrofe deben haber tenido una preparación histórica más larga que la simple elección de un hombre.Necesitamos entenderNecesitamos entender cómo ocurrió esto. Como el ángel de la historia, caminamos de espaldas hacia el pasado. Otros, en su mayoría estadounidenses, tendrán que detener la carrera hacia la catástrofe. Los líderes europeos y canadienses t endrán que convertir la crisis en una oportunidad y hacer frente a los rusos ellos solos, con ejércitos reconstruidos y economías cada vez más interdependientes.El resto de nosotros solo podemos intentar descifrar el patrón en los escombros que dejamos atrás. La fortaleza moral que sentimos puede ayudarnos a preservar el respeto por nosotros mismos, pero no es el sustituto de la comprensión. La pregunta es qué historia nos trajo hasta aquí o, mejor dicho, quién tomó el mando de esa historia y convirtió su significado en una ideología política ganadora. ¿Qué narrativa histórica logró convencer a tanta gente de respaldar un asalto revolucionario contra el gobierno de Estados Unidos y su relación con sus aliados?¿Cómo creó y dominó Donald Trump esta narrativa histórica?Primero, conviene recordar que nació en 1946, en el amanecer dorado de la prosperidad estadounidense. Ese es el manantial de su furiosa nostalgia y su poderoso atractivo, especialmente para una generación que nunca conoció una prosperidad tan despreocupada. Los años cincuenta y principios de los sesenta son el paraíso perdido que América debe recuperar «otra vez».El ángel de la historia de Benjamin no está del lado de nadie. Será una lucha largaTrump alcanzó la mayoría de edad en los años sesenta. Para los liberales, esta época se recuerda como un tiempo de liberación. Para millones de estadounidenses, fue cuando el paraíso se perdió: un presidente fue asesinado, arrastraron a los jóvenes estadounidenses a la primera guerra interminable en Vietnam y las ‘élites liberales’ dieron la bienvenida al trío devastador de movimientos transformadores: los derechos civiles de los negros, el feminismo y los derechos de los homosexuales. Estos movimientos sacudieron a la familia estadounidense, desafiaron el dominio de la mayoría blanca e impusieron una nueva cultura de inclusión que fue para tantos el primer paso hacia una corrección política coercitiva.En los años ochenta, según esta narrativa, las presidencias de Reagan y Bush aceleraron el declive liberal de Estados Unidos y se rindieron al consenso de la élite a favor del libre comercio y los mercados abiertos. Trump construyó una base política sobre aquellos estadounidenses que se preguntaban qué había hecho la globalización por su país. Él ensambló una narrativa que explicaba el cierre de fábricas en EE.UU ., los empleos trasladados al extranjero y, lo peor de todo, el ascenso de China.La globalización estadounidense, respaldada por el dólar y la garantía de mares abiertos de la Marina de EE.UU., había permitido la aparición de un competidor a la par, que ganó poder y riqueza a expensas de América al inundar el mundo con productos baratos. Los apóstoles liberales del libre comercio siguieron creyendo que la globalización acercaría a China a los valores occidentales. Luego, el Ejército Rojo chino aplastó las manifestaciones de libertad en la Plaza de Tiananmén y la ilusión liberal de convergencia murió junto con los manifestantes. Lo peor fue que el competidor autoritario que Estados Unidos había ayudado a fortalecer resultó ser, a diferencia de la vieja Unión Soviética, tan bueno como los propios estadounidenses en el negocio del capitalismo.Por cada estadounidense próspero, republicano o demócrata, que se benefició del libre comercio, muchos otros en el corazón industrial del país creían que los únicos beneficiarios eran los canadienses, mexicanos y europeos. El ascenso de Europa como competidor a la par resultó especialmente irritante. Los europeos, cuyas ciudades habían quedado en ruinas en 1945 y solo fueron reconstruidas gracias al Plan Marshall, pasaron de ser aliados agradecidos a competidores arrogantes, con la enojosa costumbre de mirar con desprecio la vulgaridad y la violencia de sus antiguos benefactores.Mientras los liberales veían a presidentes republicanos como George Herbert Walker Bush y Ronald Reagan como espíritus afines que habían defendido la libertad hasta verla triunfar tras la caída del Muro de Berlín en 1989, la emergente derecha republicana detestaba su internacionalismo, su política de consenso y su indiferencia ante los daños internos: los jóvenes que morían en guerras interminables, el fentanilo que devastaba las regiones desindustrializadas y el impacto destructivo de la globalización en el motor industrial que había dado a América sus años dorados.El colapso casi total de la economía global en 2007-2008 ocurrió bajo el mandato republicano y aceleró la toma revolucionaria del partido, primero por el Tea Party y luego por los republicanos de MAGA . La incertidumbre económica que siguió entonces explica por qué MAGA ganó apoyo entre tantos menores de 25 años.MAGA nació de una rebelión interna contra las presidencias de Bush y Reagan, sus fracasos en el 11-S y s us guerras interminables en Irak y Afganistán, que terminaron en una derrota humillante. Cuando Trump proclama que será un «presidente de paz», apela a dos generaciones de estadounidenses que ya no confían en el consenso de la élite bipartidista que antes promovía el compromiso, el internacionalismo y la intervención.Imperio en decliveEsta narrativa histórica –la visión de Trump del pasado como una historia de «carnicería estadounidense»– es el relato de un imperio en declive. En un país construido sobre la esperanza, nunca habría derrotado una narrativa liberal más optimista si no fuera por la llegada de internet, el ‘smartphone’ y las redes sociales. Trump, más que cualquier otro competidor por el poder, entendió que la nueva tecnología le permitía saltarse a los guardianes del viejo orden —los medios tradicionales, los ‘think tanks’, el aparato del Partido Republicano—y llegar directamente a millones de votantes con un mensaje de nostalgia, amargura y desencanto que, por primera vez, parecía dar sentido a lo que estaban viviendo. Si está liderando un golpe contra el orden constitucional de la república, esta narrativa histórica le proporciona un apoyo popular masivo.La narrativa liberal de esos mismos ochenta años (1945-2025) celebra a los millones que salieron de la pobreza gracias a la globalización, el ascenso de la tecnología estadounidense y el crecimiento de la diversidad. Es una narrativa que reconoce las desigualdades descontroladas que trajo la desregulación neoliberal de los años 80 y las guerras que traicionaron los ideales del liberalismo. Asumir esos errores mantiene la honradez del liberalismo. Pero quienes piden disculpas suelen perder frente a quienes jamás las conciben. Y Trump nunca lo hace.A pesar de las disculpas, los liberales siguen orgullosos de la forma en que Estados Unidos ayudó a Europa a recuperarse después de 1945 y creó alianzas amistosas, en Europa y Asia, que multiplicaron el poder y la influencia estadounidenses a un coste moderado; la forma en que, en casa, EE.UU. finalmente respondió a las demandas de derecho al voto de los afroamericanos , las de las mujeres por la libertad y la justicia en el hogar y en el trabajo, y a la reclamación de los hombres y mujeres homosexuales para igualar sus derechos matrimoniales con los demás estadounidenses.La política estadounidense es un conflicto entre estas dos versiones de la historia. Una vez que se recuperen de la conmoción y el asombro de los primeros meses de la presidencia de Trump, los liberales aún tienen la oportunidad de ofrecer a los estadounidenses una narrativa opuesta, que mantenga la fe en el camino de la inclusión en casa y el compromiso en el exterior. Extraerá una lección moral de la historia diferente a la de Trump: que es más inteligente hacer aliados que crear enemigos, más sabio incluir que excluir, más productivo construir que destruir, más empoderador tener esperanza que temer y despreciar.En esta batalla de narrativas, que definirá la política global en las próximas décadas, el ángel de la historia de Benjamin no está del lado de nadie. Será una lucha larga. La advertencia de Benjamin es no desesperar; su ejemplo, seguir intentando comprender lo que nos desconcierta, nos desilusiona y nos asusta.(Traducción de ABC Cultural)

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