Las dos personas normales comparten taxi. Han caminado tanto, con tanto y tan poco tino a la vez, que no saben ni dónde están. Incapaces de aclararse (del autobús urbano sólo dominan su propia ruta), comprueban que llevan dinero suelto y detienen la primera luz verde que se les pone a tiro. Tras unos minutos en silencio, la primera persona normal dice:—Muy bien silbado.—¿Cómo? —pregunta, desconcertada, la segunda persona normal.—Que has silbado muy bien. Muy alto y muy bien. Muy seguido. Con muy buenos agudos, mucha autoridad. Para parar el taxi, digo.—Ah, ya. Se me da bien silbar de siempre, sí; con taxis y sin taxis. —Pero muy bien muy bien. Se ha parado el taxi en seco.—Y porque no era un perro. Llega a ser un perro y se para antes. Y me come de la mano y mueve el rabo, te lo digo yo.—Te creo.—Más te vale. Yo, para otras cosas, no, pero para lo de silbar soy de la nobleza. Silbo mejor que el rey.—¿El rey silba?—Si está contento, sí.—¿Y la reina?—La reina más. La reina te para un taxi antes de que salga de la cochera; la reina tiene a los taxistas así. —La segunda persona normal estira bien el índice—. Qué pena que vayan a quitar Europa.—¿Van a quitar Europa?—Por lo visto.—¿Cómo que van a quitar Europa?—¿No has leído las noticias?—¿En la tele, dices?—En la tele también, pero en la tele te las cuentan en alto.—¿En el Telediario y eso?—Más en lo de la mesa.—¿Qué mesa?—La que tiene personas a los lados, para que se griten cosas.—Ah, sí, ya sé cuál dices. La mesa de quitarse la razón.—Justo. ¿Ves el programa ese?—A veces. Cuando hablan de lo de los jueces y los impuestos, que son buenos o malos según les dé.—Según el lado de la mesa.—Y según el día. Pero lo de que van a quitar Europa se me ha pasado, la verdad. Estaría cambiando de canal.—Hay mesas en todos los canales, te advierto.—Ya, pero como cambian de tema a cada rato, para que no te aburras, pues no habrá coincidido.—Pues ya lo sabes.—Ahora sí. Y ¿por qué quitan Europa, entonces?—Porque lo ha mandado Trump.—¿Otra vez Trump mandando cosas? ¿Ese señor no para nunca o qué? ¿Y qué dice ahora ese hombre?—Pues que, si los europeos queremos ser de Europa, pues que nos compremos una.—¿Cómo que nos compremos una?—Como lo oyes. Que nos la compremos y la paguemos nosotros, dice.—Pero ¿estaba sin pagar?—Eso parece.—Y, entonces, ¿era de él?—Me parece que antes sí, pero ya no la quiere, por lo visto.—¿Y por qué ya no la quiere?—Dice que sólo quiere Groenlandia.—Pero ¿Groenlandia es Europa?—Por lo visto.—Pero ¿cómo va a ser Groenlandia Europa, si nadie sabe cómo se dicen los de Groenlandia?—¿A qué te refieres? —A que los de Francia son franceses; los de Suecia, suecos… Eso lo sabe cualquiera porque son de aquí.—No te sigo.—¿Cómo se llaman los de Togo, o los de Burundi?—Y ¿eso qué es?—Países.—¿Togo y Baranda son países?—Burundi.—¿Burundi es un país?—Claro. Del África africana. Y ¿tú sabes cómo se llaman los de allí?—¿Cómo?—Pues lo que te decía: ni idea. Y ¿sabes por qué?—¿Por qué?—Pues porque no son de Europa, por eso mismo. Si fueran de Europa, se sabría. Mira los italianos.—¿Dónde?—Donde estén. Mira lo fácil que es saber cómo se llaman.—¿Todos, dices?—Todos no; el nombre de extranjero, digo. Así que, si no sabes cómo se dicen los de Groenlandia, pues ya sabes por qué es.—Y entonces China, como sabemos que son chinos, ¿es que es Europa también?—Eso es una excepción.—¿Y Rusia?—Otra excepción. Pero un poco de Europa sí que es Rusia, si lo piensas. La mitad sí y la mitad no.—¿Y cómo la va a comprar Trump?—¿Rusia, dices?—No, no. Groenlandia.—Pues no lo sé. Con lo que saque de vender Europa, será.—Y los de Groenlandia, ¿qué le dicen?—Creo que no les ha preguntado nada.—¿Y eso?—Querrá que sea sorpresa.—Ah, claro, mucho mejor. Más ilusión para todos.—Pues seguro.Las dos personas normales identifican por fin las calles que recorre el taxi. No lo dicen en voz alta, pero se sienten confortadas.—Pues dices tú —se lamenta la segunda persona normal—, pero a mí me hacía ilusión que fuéramos de Europa.—Y a mí.—No me hace gracia que la quiten.—No, no, si a mí tampoco.—A ver si van a quitar Eurovisión también…—¿Te imaginas?—Ni lo digas. —Se santigua—. Y ¿qué vamos a ser ahora, si no somos europeos?—Pues lo que sea cada uno, digo yo. Cada uno de su país.—Ah, bueno. Pues como antes, entonces, ¿no?—Pues… —Se lo piensa unos segundos—. Pues la verdad es que sí.

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